Alocución pronunciada por la directora general de la Organización Mundial de la Salud en el foro sobre medicina tradicional

Dra. Margaret Chan
Directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS)

Alocución de apertura pronunciada en el Foro Internacional sobre Medicina Tradicional
China, Región Administrativa Especial de Macao
19 de agosto de 2015

Sus excelencias, honorables señores ministros, distinguidos expertos, damas y caballeros:

Me complace esta oportunidad de dirigirme al Foro Internacional sobre Medicina Tradicional, en especial en el contexto en que inauguramos el centro de colaboración de la OMS sobre medicina tradicional en Macao.

La medicina moderna y la medicina tradicional realizan singulares contribuciones a la salud, pero ambas tienen, asimismo, límites e imperfecciones que les son propias. Los países, especialmente en el mundo en desarrollo, utilizan sabiamente lo mejor de ambos enfoques en forma cuidadosamente integrada y regulada.

La medicina tradicional tiene mucho que ofrecer, especialmente como contribución a la atención primaria de la salud y a la consecución de la meta de una cobertura universal, y muy especialmente en un período en que las enfermedades crónicas no transmisibles han superado a las enfermedades infecciosas como la principal causa de muertes del mundo.

Para muchos millones de personas, que frecuentemente habitan zonas rurales de países en desarrollo, los medicamentos herbarios, los tratamientos tradicionales y los curanderos tradicionales son la fuente principal, y a veces la única, de atención de la salud.

Se trata de una atención próxima a los hogares, accesible y económicamente asequible. En algunos sistemas de medicina tradicional, como el de la medicina tradicional china y el sistema Ayurveda, cuyas raíces históricas se hallan en India, las prácticas tradicionales están respaldadas por la sabiduría y la experiencia adquiridas a lo largo de siglos.

En esos contextos en que la medicina tradicional posee sólidas raíces históricas y culturales, los practicantes son generalmente miembros bien conocidos de la comunidad, que inspiran respeto y cuentan con el respaldo de la confianza pública en sus destrezas y remedios.

Es incuestionable que esta modalidad de atención mitiga los padecimientos, trata muchas afecciones comunes, reduce el sufrimiento y alivia el dolor. Además reduce el congestionamiento en las clínicas y salas de urgencia provocado por la afluencia a las mismas de personas que padecen afecciones y enfermedades leves.

No obstante, esas notorias ventajas contribuyen a suscitar una de las críticas formuladas contra la medicina tradicional. La creencia de que los curanderos tradicionales son la primera y más eficaz línea de defensa contra los trastornos y las enfermedades puede provocar emergencias médicas que comprometen la vida humana, en especial cuando esa creencia impide o enlentece el acceso a la medicina clásica.

En realidad, esa crítica no es totalmente congruente con la situación imperante en el terreno. Muchas personas pobres que padecen enfermedades graves no visitan clínicas o salas de emergencia precisamente porque no hay ninguna disponible o accesible. La medicina tradicional es la vía a la que se acude por defecto, no la primera en elegirse. Es la única alternativa disponible.

El peligro no proviene de la práctica de la medicina tradicional en sí misma, sino del hecho de que tantos países en desarrollo no proporcionan acceso universal a servicios de salud esenciales.

Estudios llevados a cabo por la OMS revelan que tan solo muy poco más de la mitad de los establecimientos os de salud pública disponen de medicamentos esenciales para el tratamiento de enfermedades agudas. En el caso de los servicios privados, la proporción sube al 68%. En consecuencia, un gran número de personas que logran acceso a establecimientos de salud salen con las manos vacías.

En otros casos, la medicina tradicional es la alternativa por defecto simplemente porque la medicina occidental no tiene nada que ofrecer. Presenciamos esa situación en forma sumamente vívida durante la epidemia de ebola en África occidental.

La medicina moderna nada tenía que ofrecer a los miles de personas infectadas ni a sus médicos: ni vacunas ni tratamientos que no limitados a una atención de respaldo. Como es natural, los pacientes y sus familias prefieren el cuidado en el hogar o el dispensado por curanderos tradicionales al aislamiento en centros de tratamiento de los que pocos salen con vida.

Otras críticas se centran en la fragilidad de los marcos institucionales de reglamentación de la calidad y seguridad de la medicina tradicional, fragilidad probablemente generalizada en el mundo en desarrollo en relación con la totalidad de los productos médicos.

En cuanto a los medicamentos, tan solo alrededor del 20% de los Estados miembros de la OMS cuentan con autoridades reguladoras que funcionan adecuadamente; la capacidad reguladora del 50% de ellos es variable, y la proporción de los que carecen por completo de dicha capacidad o la poseen en muy escasa medida es del 30%.

Damas y caballeros:

La medicina moderna también presenta algunos inconvenientes, tanto reales como percibidos. Esas imperfecciones, paradójicamente, han creado una situación en que la medicina tradicional, si bien atiende una necesidad que se percibe como real, goza de mala reputación.

En los países ricos, el público suele reaccionar en forma negativa ante un cuidado de la salud que se percibe como excesivamente “medicalizado” y especializado, en que el paciente es considerado como un conjunto de partes corporales especializadas y no como una persona integral. Las personas quieren tener más control sobre lo que se hace con sus cuerpos. Quieren autorregular su propia salud. Como se percibe en el movimiento de rechazo de las vacunas, se suele desconfiar de la ciencia, que en algunos casos inclusive se menosprecia. Los rumores difundidos a través de los medios sociales pueden gravitar más que cientos de informes de investigaciones bien diseñados revisados por pares de sus autores.

La gente sospecha que nuevos medicamentos potentes pueden suscitar efectos secundarios aún no detectados o revelados honestamente.

Además, la gente puede desconfiar de sus médicos. Desean obtener segundas y terceras opiniones. Buscan expertos dotados de mayor experiencia técnica. Un ejemplo elocuente de esas expectativas es la práctica de recorrer consultorios médicos y saltar de un hospital a otro, que ha contribuido a la rápida difusión del síndrome respiratorio de Oriente Medio en la República de Corea.

Algunos analistas atribuyen esa insatisfacción y desconfianza al sistema, la infraestructura, la capacitación, los incentivos y la orientación de la asistencia médica moderna. En muchos países ese sistema impone a los médicos la obligación de no dedicar más de unos 20 minutos a cada paciente.

Se espera que el médico, en esos pocos minutos, actúe, en lugar de hablar, y que prescriba medicamentos, análisis y otras intervenciones. Esa práctica contrasta pronunciadamente con el enfoque seguido por los curanderos tradicionales.

Además, el número de médicos que practican la medicina de familia sigue reduciéndose extraordinariamente, y deja su lugar a especialistas y subespecialistas. La medicina de familia es una profesión en extinción en un período en que el aumento de las enfermedades no transmisibles (ENT) hace que sus aptitudes sean esenciales para la prevención y la continuidad de la asistencia.

En la esfera de la investigación y el desarrollo, los milagros de la medicina moderna, que han suscitado un impacto tan asombroso en la esperanza de vida, se están desacelerando. El descubrimiento de compuestos moleculares verdaderamente nuevos es cada vez más infrecuente.

A diferencia de los antibióticos, muchos medicamentos para el tratamiento de enfermedades crónicas, como la hipertensión arterial, deben tomarse durante períodos prolongados, si es que no durante toda la vida, lo que genera preocupaciones sobre posibles efectos tóxicos acumulativos. Algunos medicamentos más nuevos para el tratamiento del cáncer y la diabetes han suscitado efectos secundarios graves, en algunos casos, peligrosos para la vida.

Aún no se ha descubierto ningún medicamento para el tratamiento de la demencia o para el manejo de la obesidad. Muchos medicamentos costosos para el tratamiento del cáncer prolongan la vida apenas unos pocos meses, y la calidad de esa vida agregada suele ser ínfima.

El fenomenal crecimiento del sector de la medicina alternativa se debe a algunos de los mencionados inconvenientes de los resultados que ofrece la medicina moderna. En varios países de América del Norte y de Europa, la producción y venta de medicamentos herbarios, suplementos dietéticos y otros productos llamados “naturales” se ha convertido en una industria ingente y rentable. Tan solo en Estados Unidos es un negocio de USD 32 000 millones por año.

El sector defiende encarnizadamente su territorio, las virtudes que se atribuye y sus utilidades. Una comercialización agresiva que se arroga virtudes no probadas ha generado la enemistad de muchos integrantes del sistema de poder médico. Como alegan los profesionales de la salud, la mayoría de los medicamentos alternativos se introducen en el mercado a través de ventas sin receta médica o de Internet, sin ninguna supervisión regulatoria.

A su juicio, el público corre riesgo de automedicación con productos potencialmente ineficaces y/o tóxicos. En ese aspecto, la industria ha pirateado a la medicina tradicional, pero sin las aptitudes de los practicantes experimentados.

Es fácil percibir la hostilidad e indignación consiguientes en los títulos de libros recientes en que se denuncian y condenan los procederes de la industria; por ejemplo “Tratamiento o engaño”, “La ciencia del aceite de serpiente” o “Muerte, mentiras y política en la industria de los suplementos herbarios”.

Todas esas publicaciones llegan a una misma conclusión: la de que la eficacia de la mayoría de los medicamentos y prácticas tradicionales no ha sido confirmada en pruebas clínicas convencionales.

Desearía cuestionar levemente esa conclusión. El método científico no ha sido diseñado para evaluar con exactitud la totalidad de la experiencia humana surgida de la práctica de la medicina tradicional por profesionales aptos, experimentados y en quienes se confía en el ámbito cultural e histórico que le es propio.

A través de pruebas clínicas controladas se puede evaluar la intervención o el producto herbario, pero no la totalidad de la experiencia. Además, los síntomas de dolor, ansiedad y tensión casi siempre tienen una dimensión subjetiva. El efecto de placebo es un fenómeno científico bien documentado.

Como lo recuerda a ambas partes del debate Elizabeth Blackburn, galardonada con el Premio Nobel, “[t]endemos a olvidar la poderosa influencia que ejerce el cerebro en la biología humana”. Investigaciones científicas sobre los efectos fisiológicos del estrés confirman la validez de ese recordatorio.

En los países ricos, la mayoría de las infraestructuras médicas fueron diseñadas para manejar agentes infecciosos, y han cumplido esa función muy eficazmente. Mucho menos satisfactorios han sido sus resultados en cuanto a prevención y tratamiento de ENT, que rara vez tienen una causa discreta tal como una bacteria, un virus o un parásito único.

Van en aumento las pruebas de que la dieta, el ejercicio físico y la reducción del estrés pueden contribuir más eficazmente a prevenir o retardar la aparición de cardiopatías que la mayoría de los medicamentos y procedimientos quirúrgicos.

En ese aspecto, la medicina tradicional sobresale. Ha sido la pionera en intervenciones tales como una dieta saludable, el ejercicio físico, los remedios herbarios y las vías tendientes a reducir el estrés cotidiano.

Damas y caballeros:

La opinión de que debería asignarse a la medicina tradicional un sitial más legítimo en la estructura de los sistemas formales del cuidado de la salud sigue provocando un considerable debate.

Sería conveniente que los países que se propongan integrar los mejores aspectos de la medicina tradicional y la medicina moderna se abstengan de examinar las múltiples diferencias entre ambos enfoques, y contemplen las esferas en que convergen, para ayudar a hacer frente al singular desafío para la salud que se da en el siglo XXI.

Gracias.

http://www.who.int/dg/speeches/2015/traditional-medicine/es/

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